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SUICIDIOS: SÍNTOMAS DE UNA SOCIEDAD ENFERMA

La comunidad pilarense ha sido golpeada recientemente por dos suicidios infanto juveniles en menos de 30 días. Siendo una pequeña ciudad de 32 mil habitantes, estos sucesos calan hondo en la cotidiana tranquilidad pueblerina. Pero lo que sucede en Pilar es solo una pequeña parte de un fenómeno casi común y normal en Paraguay; tan normal en su anormalidad que ya no destaca como noticia nacional en los medios. En el año 2006 se registraron en promedio un suicidio por día.[1] Hasta mayo del 2008 se registraron en promedio 0,75 suicidios por día[2], es decir, el suicidio se ha constituido en una epidemia nacional que afecta al pueblo paraguayo. Paraguay tiene uno de los índices de suicidios más altos de Sudamérica. Cuando un adulto se suicida, no constituye un hecho tan impactante a nivel psicológico, salvo para el entorno familiar directo. Pero cuando un niño o adolescente se autoelimina, la comunidad se ve afectada por el dolor que causa que una joven vida termine con una decisión tan drástica. ¿Qué está pasando en nuestra sociedad, que nos sucede como comunidad para que suframos de esta enfermedad colectiva?

 

La respuesta no es muy difícil: Luego de 61 años de ausencia democrática en los que están 19 años de una transición desastrosa hacia la democracia, somos un pueblo destrozado en todo sentido, pero principalmente despedazado en la identidad nacional y familiar. El modelo tradicional y campesino de familia fue arrollado por la modernidad tecno-capitalista y, principalmente, consumista. La falta total de programas de educación y adaptación  psicológica a los cambios veloces de la globalización alienante han terminado por provocar una pérdida casi total de identidad propia en todos los niveles: Romántico, familiar, amistoso y comunal. Esto se nota principalmente en los jóvenes, quienes a los 11 años ya empiezan a inaugurarse sexualmente –influidos por los celulares, internet y principalmente los programas de televisión como “Patito Feo” entre otros- casi no existe rasgo de paraguayidad en la juventud, que baila al ritmo de regetón, se viste como un latino de los barrios pobres de Chicago y apenas logra hablar un jopará más castellano que guaraní. Hemos perdido, masivamente la cultura de nuestros abuelos; que ha quedado reducida en los pocos que aún la valoramos. Para más, el consumismo ha llevado a los jóvenes a entender todo en clave de tener y no de ser. Ante todo esto la educación formal no puede hacer nada o poco menos que un intento de algo. Todo esto, sumado la crisis económica y, sobre todo, la ecológica, termina por crear un entorno ideal para que el niño y el joven no tenga autoestima, se sienta permanentemente marginado y termine, finalmente, por despreciar la vida a edades tan cortas como los 13 años.

 

A pesar de la enfermedad, podemos encontrar curas, en Japón, con alto índice de suicidios, están aprobando leyes al respecto[3]Lo principal está en la educación emocional y familiar. Ciertamente tenemos que trabajar para curarnos de este mal que nos aqueja y que tanto dolor causa en pequeñas comunidades como la pilarense; pero no solamente en la prevención de los suicidios por autoeliminación[4], sino también en las otras formas de suicidios; como la de los niños de la calle que acuden a la cola de zapato para apaciguar su sufrimiento, la de los conductores borrachos que matan y se matan o esa forma de suicidio colectivo que todos asumimos: El modelo capitalista y consumista que está destruyendo todos los recursos naturales y nuestro futuro. Todas estas formas de suicidio debemos superarlas.



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